EDITORIAL

Jesús Gabalán Coello, PhD
La pandemia como motivador de la efectividad corporativa en la educación

Desde hace ya muchos años se escucha en el lenguaje de las Instituciones de Educación Superior, “estamos en la era de la información y del conocimiento”, “estamos en la revolución tecnológica”, “estamos preparándonos para la revolución 4.0”, “estamos ajustando todo para nuestra modalidad virtual”, “estamos en estudios para implementar innovación educativa a través de TIC”; ires y venires con frases bien intencionadas pero lejos de llegar al estándar mundial en procesos académicos mediados y asistidos por tecnologías. Esto fundamentalmente debido a que la mayoría de las instituciones educativas son excesivamente rígidas y lentas, aspecto que ya hace algún tiempo le ha valido el otorgamiento del apelativo de paquidérmicas, por parte del sector empresarial, con sobrada razón.

 

Estamos viviendo un momento histórico para el desarrollo de la Educación Superior en nuestro país, porque a los ya sobrediagnosticados retos como: el descenso del número de matriculados, la deficiente situación socioeconómica, el cambio del paradigma educativo en los jóvenes que prefieren programas ya no tan convencionales y ya no tan conservadores, las empresas que valoran más las certificaciones en cursos especializados que diplomas de programas universitario profundamente teóricos, la contracción demográfica que ha llevado a que la población potencial de demandar servicios educativos se reduzca a uno o máximo dos hijos por hogar, las rígidas estructuras universitarias en las que se promulga la necesidad del cambio siempre y cuando a nivel individual nos movamos lo menos posible de la zona de comfort (“¡el cambio necesario es el de los otros, no el mío!”); entre otros retos, se suma ahora la pandemia derivada de la propagación exacerbada del nuevo coronavirus.

 

En 1859 Darwin establece en su emblemático texto: el origen de las especies; que no son los más fuertes de la especie los que sobreviven, ni los más inteligentes. Sobreviven los más flexibles y adaptables a los cambios.

 

Antes esta crisis de la pandemia, la cita es ahora con el destino, porque ya buena parte de las Instituciones debieron dejar los escenarios utópicos de benevolencia discursiva para pasar a la acción, con lo que tenían, con lo que podían o sencillamente con lo que creían que era la educación virtual (algunas descubriendo recién qué eran las videollamadas para más de dos o tres personas de manera simultánea). En este sentido, serán las que venían trabajando en los temas de frontera y en el componente virtual los últimos 15 y 20 años las que sacarán la ventaja diferencial de esta situación, estableciendo cada vez más rutinas de optimización académica con garantía de calidad. 

 

Por ello, la capacidad de flexibilidad y adaptabilidad al cambio que tenga una Institución será puesta hoy más que nunca a prueba, pero ya no con políticas, lineamientos, documentos misionales o demás, sino con acciones concretas que permitan hacer frente a la crisis actual y venidera.

 

De manera acelerada, la mayoría de las Instituciones de Educación Superior tendrán que conjugar la rapidez con la calidad (en un ambiente en el que parecían ser dos conceptos antagónicos), el pensamiento con la acción, la epistemología con el mercadeo, y emplear la mirada holística e integradora, para transversalizar y optimizar los procesos académicos y administrativos. Por lo tanto, es importante ante la crisis actual generar estrategias disruptivas autoadaptativas, que puedan ser ejecutadas a través de los planes estratégicos, tácticos y operativos. Iniciativas tales como: 

 

1.  Enfatizar en el pensamiento sistémico, que permite entender el quehacer académico como un verdadero “sistema”, con componentes, articulaciones y la necesidad imperiosa de comprender la gestión universitaria como un todo articulado y no como una suma de partes (particularmente retador cuando en algunas Instituciones, se cuenta con visiones parcializadas y de feudos académicos con pequeños regentes de cuadrilla). 

2.  Desarrollar alianzas estratégicas trasnacionales para la optimización del desarrollo de las funciones sustantivas, con componentes de formación virtual que transversalicen los currículos, investigaciones colaborativas con escenarios alternos de validación de hipótesis (replicabilidad) y formación continua con certificaciones que convoque el trabajo conjunto entre universidades nacionales y del extranjero.

3.  Tercerizar procesos y actividades que son comunes y que no hacen parte de la cadena de valor. En este sentido, se debe realizar un inventario de capacidades institucionales de manera acelerada. Las Instituciones no son entidades financieras, no son entidades de vigilancia privada, no son entidades de servicios generales, no son entidades de servicios administrativos. Por lo tanto, estas tercerizaciones permitirán optimizar la operación y focalizarse en lo verdaderamente importante. 

4.  Continuar con el énfasis en la modalidad virtual en buena parte de los componentes curriculares. Ya las Instituciones del mundo aceleraron su proceso de virtualización; por lo tanto, la competencia no es con las Instituciones de la ciudad, la competencia es con el mundo, dado que la trasnacionalización de la educación es un hecho, una realidad.

5.  Accionar una verdadera proyección social, conectada con el entorno y con las problemáticas contemporáneas. En este sentido, ante la crisis actual se hace imperativo la voluntad política con acción, a través de estrategias contundentes y rápidas; como por ejemplo, las prácticas académicas y los trabajos de grado como escenarios potentes para explorar soluciones para la pandemia; los ingenieros desde el desarrollo e implementación de los dispositivos electrónicos, mecatrónicos, mecánicos y biomédicos; los psicólogos y humanistas cuidando la salud mental; los administradores garantizando la cadena de abastecimiento; los matemáticos y estadísticos implementando modelos de vigilancia epidemiológica a través de la analítica de datos, y así con los distintos campos de conocimiento. Pero ya no con trabajos que se queden en los anaqueles digitales o que tengan el mejor formato de aplicación del método científico o la mejor citación con normas APA, ¡no! !De esos trabajos no! Se requiere que estos trabajos tengan un impacto real en la solución de una problemática comunitaria como la que está enfrentando nuestro país y el mundo, y rápido muy rápido.

6.  Implementar rápidamente los esquemas de diversificación de ingresos, puesto que el descenso en las matrículas se seguirá presentado con un mayor énfasis en los próximos semestres, fruto de los efectos post-pandemia. Por lo tanto, desde ya la comunidad académica debe concientizarse que las capacidades individuales de los profesores serán las que podrán capturar recursos de entes nacionales e internacionales para investigación, así como consultoría y asesoría. En esta apuesta se vuelve definitivo contar con los mejores,  por tanto, la selección natural permitirá la subsistencia organizacional. 

 

Acompañando iniciativas como éstas, se requiere un sólido y robusto esquema colaborativo intra y extra institucional que garantice el accionar sobre las nuevas formas de entender la sociedad, porque definitivamente el mundo no será el mismo después de esta pandemia. Los enfoques centrados en la presencialidad ya han sido desplazados de manera contundente por la conectividad, la educación virtual y el teletrabajo. Recuerde el lector aquella máxima que reza: “no hay nada más permanente que lo transitorio”. 

 

Por supuesto, todo lo anterior llevará a que las Instituciones depongan muchas veces su burbuja altisonante, distante y burocrática, por esquemas ágiles, oportunos y flexibles que lleven a procesos de efectividad corporativa institucional, porque de lo contrario los muertos de la pandemia no sólo serán los individuos contagiados que desarrollen cuadros de gravedad, sino también las, alguna vez llamadas, Instituciones de Educación Superior.